Mi viaje a Canadá
Tal vez es el frío, debo aceptarlo, siempre preferiré el frío al calor. Indudablemente su clima es uno de los atractivos, pero hay mucho más de mi amor por este país.
Desde que entró en mi cabeza la idea de emigrar a Canadá algo me dice que mi destino está por allá. Tal vez es más un deseo que intuición, supongo que más adelante en el camino lo sabré.
Es curioso, sólo he estado una vez en ahí. En agosto de 2005 tomé un tour de ocho días para celebrar mi cumpleaños. Me fui sola y regresé ¡con 13 nuevos amigos! Sí, conocí gente maravillosa que también vive en México y hoy después de casi 3 años seguimos siendo grandes amigos.
Recuerdo perfectamente lo que sentí cuando iba descendiendo el avión para aterrizar en el aeropuerto de Montreal. ¡No lo podía creer! El paisaje era hermoso. Era pleno verano pero estaba nublado. Aún así era lindo lo que se veía al asomarme por la ventana. Pequeñas casas que parecían de cuento de hadas rodeadas de espejos de agua y una alfombra de árboles verdes y frondosos.
Estuvimos sólo dos días en Montreal y eso me bastó para enamorarme de la ciudad. Me encantó la Plaza Saint Jaques, la Basílica de Notre Dame y el mirador. Sin olvidar la vista maravillosa desde el Oratorio. Después fuimos a la ciudad de Quebec. Sencillamente increíble, se respira un aire bohemio, romántico definitivamente. ¡Parece una maqueta a gran escala! El Castillo Frontenac es majestuoso, pero lo que más me gustó fueron las pequeñas calles llenas de colorido. Además conocimos los alrededores, Trois Riviéres, las cataratas de Montmorency y la La Cabane à Sucre, dónde aprendimos cómo se hace la miel de Maple.
Al día siguiente salimos hacia las Montañas Laurentides para llegar a Mont Tremblant, conocido centro de ski, pero que también resulta muy lindo y divertido en verano. Por la tarde llegamos a Ottawa, paseamos un poco por la ciudad y en la noche vimos el magnífico espectáculo de luz y sonido “Canadá, el espíritu de una nación” en la fachada del Parlamento, y en la mañana siguiente disfrutamos del cambio de guardia en los jardines frente a este edificio.
Dejando atrás Ottawa, continuamos hacia Mil Islas, donde tomamos un crucero para recorrer esté archipiélago que está entre la frontera de Estados Unidos y Canadá. En realidad el número de islas se acerca a dos mil, desde las más pequeñitas hasta las más extensas, donde se construyeron lujosos castillos. Un lugar sin duda hermoso y muy singular.
El sol casi se escondía ese día cuando llegamos a Toronto, y de inmediato nos fuimos a visitar la Torre CN para disfrutar de la vista espectacular. Al despertar, una breve mirada a la ciudad más grande de Canadá, con sus galerías, museos, grandes edificios, parques, centros comerciales… ¡fascinante!
Para cerrar con broche de oro fuimos a Niágara a maravillarnos con la fuerza y belleza de sus Cataratas Herradura y Velo de Novia. El paseo en el barco Maid of the Mist es simplemente indescriptible. Estar tan cerca de las cataratas es estremecedor.
Puedo decir sin lugar a dudas que Canadá es un país indiscutiblemente bellísimo, es difícil dejar de contemplar todos los tesoros que tiene tan sólo esta parte del país, sin embargo puedo asegurar que una de las sorpresas más gratas que tuve fue descubrir la generosidad y carisma de su gente.
Canadá tiene un lugarcito en mi corazón donde guardo los recuerdos de este viaje con mucho cariño y cuando vienen a mi mente me provocan una sonrisa.
Después de todo, creo que no es el frío… Canadá para mi es calidez.
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